sábado, 8 de mayo de 2010

Viola Elena V.J

El hombre arrastraba sus pasos a lo largo de la estación buscándola. No sabía ciertamente lo que buscaba porque lejos estaba de poder imaginarse lo que iba a encontrar; un rostro frío, una cara desencajada, quizás una nueva identidad anclada en esos ojos castaños que, en otros tiempo, miraban tanto al suelo. Los trenes descansaban silenciosos, esperando a que la mañana despertase y los sacase de su sueño. “Es muy temprano” - pensó, pero probablemente a estas alturas ella también habría roto con el tiempo. La buscó con la mirada diez, quince, treinta minutos mientras sus pasos acompasados resonaban en la soledad sombría de esa mañana de febrero. Acabó por sentarse en un banco de piedra que se empotraba contra la gris pared de la estación cuando los recuerdos, como venidos del pasado, se hacían ahora claros en su mente. El sudor injustificado empezaba a empañarle la frente y de entre todas las cosas que atormentaban su conciencia una de ellas le hizo perder el control de su respiración. “Las cosas no son tan fáciles ahora, o por lo menos para mí. Quizás haya conseguido todo mientras yo aquí, que fallé una vez, sigo sin hacer que el tiempo pase a mi velocidad”- pensamientos que fueron nada una vez pensados. Él estaba allí y allí permanecería si debía de caer la noche. No había recorrido una vida entera para obtener ahora un silencio de trenes.

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