Nada es transcendente, no hay un fin, no hay una meta.
Una vez confías en que la vida es una historia maravillosa debes arriesgarte a convertirte en invidente. No hay nada mas allá; además, no existe nada ni nadie que pueda decirte cual es el límite de lo aguantable, determinar aquello que puedes pasar con una sonrisa aunque desearías arañar y desgarrar con los dientes.
No podemos torcer los pasos en tiempo mas sí se nos permite torcer la vista y ver como lo pasado siempre fue distinto a lo presente. Apenas ha transcurrido una vida desde que nacimos; morir es el final y nosotros, en medio, no podemos sino crecer confiando en que todo nuestro dolor será pasajero.
Día tras día y hora tras hora debemos asumir el engaño de que siempre habrá algo mejor, algo que nos hará ser libres y que nos espera para recompensarnos tarde o temprano. Cuando ya sea tarde y tengamos que entregarnos a la muerte no sufriremos el desengaño de no haber conseguido nada en absoluto y de saber que hemos vivido absurdamente confundidos, al fin y al cabo ya habremos perdido la vida y hasta el último momento en que la tuvimos con nosotros no dejamos de confiar en su inexistente magia.
Me encanta. No sabría escribir un comentario preciso, pero me ha encantado tu entrada. Chapeau, genio
ResponderEliminar