
Un día hace ya algún tiempo estuve segura de que iba a dejar de llorar. El tiempo se congeló y por la esquina de la estación él apareció. No hubiera podido leer en su rostro expresión alguna pues parecía como si para su corazón esta vida tampoco tuviera ya sentido. Se acercó, con lentitud primero y luego paulatinamente fue apretando el paso a una proporción casi perfecta, digna de un ser inmortal; cuando se paró junto a mi no me tocó, me aferró y me ató con su mirada oscura mientras me decía con el silencio mas profundo del mundo que nos íbamos de allí.
Andamos con sigilo por el parque de la Luz y a cada paso que yo daba me despedía del pedacito de mundo que dejaba atrás; hace algún tiempo hubiera querido seguir andando hasta recorrer todos los jardines que me quedaban por descubrir y poder grabar en mi memoria todas las formas de naturaleza, pero ahora estaba ya muy lejos hasta de desearlo; mis sueños habían pasado a formar parte de una vida paralela que, encerrada en algún cofre, se olvidaba en el pozo mas profundo del universo eterno, una vida pasada que ya no me pertenecía.
Lo miré y estaba sonriendo, mis labios se curvaron imitándolo; eran sin embargo unas sonrisas vacías sin emoción alguna; nuestras almas habían emprendido ya el camino sin nosotros adelantándose en un destino donde sí sonreiríamos consentidamente, ahora éramos solo mecanismos de carne y hueso que caminaban en silencio con una expresión encarecida.
La paleta de colores que el anochecer desprendía a su paso llenó de tonos azulados y grisáceos el edificio mas blanco de la ciudad, la construcción barroca era un reflejo de los grandes palacetes del siglo XIX a los que habían dado el papel de pisos residenciales; era una de las mayores figuras de la ciudad y se caía a pedazos, pero eso no impedía que la gente la siguiera valorando y depositando en ella los mayores sentimientos de nostalgia ; a la par, era un edificio que entraba por los ojos y que hubiera sido el escenario idóneo de las infantiles historias de princesas. La puerta chirrió cuando la cruzamos sacudiéndonos la tierra que nos resbalaba de las rodillas al habernos agachado previamente para cruzar la verja; el antiguo recibidor se nos apareció revestido de moqueta verde hasta la entrada de las escaleras que subían a la primera planta; en una esquina de ellas encontré tres mantas blancas perfectamente dobladas, él se adelanto y estiró una de ellas sobre la superficie de madera vieja, yo cogí la otra y la abracé encima mía al acostarme sobre esa primera manta
Lo sentí pronto cerca rodeándome la cintura con su brazo, el también se había tapado con el grueso tejido, por un momento creí sentir que había algo de sentimiento en esa acción, pero recordé que no estábamos en un lugar donde yo fuera capaz de percibirlo ni el capaz de hacérmelo sentir, fue entonces cuando sacó de su bolsillo dos pequeños frascos de cristal oscuro que escondían su contenido con burlescas transparencias, tomé uno y canalicé mis ultimas fuerzas hacia corcho que presionaba la fría boquilla; creí percibir como él ya apuraba la ultima gota y me apresuré, acercándomelo a los labios y por un momento llegué a notar una desconocida acidez. Él me recostó contra su pecho, parpadee dos veces y caí dormida en el sueño mas profundo que jamás hubiera llegado a imaginar. Esa vez no soñé.
Sin palabras que añadir, solamente que hay momentos en los que yo sí soñe, en poder escribir de esa manera que no lo hizo nadie nunca, donde mi corazón no se quedara en mi pecho nunca más porque, es cierto que no le necesito aquí ya. Te me has adelantado, pero sin duda nadie podrá jamás expresar sentimientos tan profundos con algo tan simple como palabras, sólo palabras... Bravo.
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