Ella vivía en la calle y, cuando el viendo soplaba demasiado fuerte, sonreía porque quizás él si que tendría el valor de llevarla a alguna parte. Había nacido con la mente enferma y amaba y sufría como ningún otro ser parecido. Esa tarde solo andaba, acompañada de las luces que, invisibles, dejaban tras sus pasos el aliento y la respiración entrecortada que combinaba con un semblante impoluto. Difícil hazaña teniendo en cuenta la ansiedad que la hacía cada instante un poco más presa de su propia exigencia.
Tenía prisa por llegar a un lugar que aún no conocía. No sabía si amaba su pasado, si podía llegar a entregarse a su presente, si le quedaban días de vida. Cuanto más andaba más pensaba y su cabeza daba vueltas alejándose del frío asfalto. Tal y como si estuviera agónicamente ebria sentía nauseas y se mareaba, todo le daba vueltas y hubiera cambiado en ese momento todo su cuerpo y sangre por unos brazos que la rodearan y la apretaran extremadamente fuerte. Ansiaba compañía. Hubiera pedido hipócritamente a Dios que la esposara con la carne de algún hombre. Pedía demasiado o solo quizás aquello que, de existir, era suyo y no lograba encontrar en ningún sitio.
Sabía que detestaba su cuerpo más allá de la banalidad de quien cohibe sus mejillas tras las burlas. No podía decidir a esas alturas si odiaba el sexo o si por el contrario moría por no estar haciendo el amor cada jodido segundo que pasaba. Tenía la mirada perdida, o eso debia de pensar quien la viera fumando, sentada en el bordillo, delante de la fuente circular de la redonda. No miraba al infinito si no hacia aquel paraje que, de alguna manera, debía de alcanzar antes de fuera demasiado tarde. De una manera u otra.
Cuanto más tiempo pasaba y más agudizaba su sentimiento de abandono más caía en la cuenta de que, de tener la oportunidad, acabaría entregándose a alguna droga que la sedara y cegara las pupilas de águila con las que había venido al mundo. Fumar era efectivo y agradecía su consuelo amargo, mas no resultaba suficiente para acallar ese fiero fuego que la quemaba por momentos.
Y no estaba triste, sólo ansiosa. Quería gritar, enfadarse, exigir a través de su silencio sepulcral.
Necesitaba el amor más que el aire que respiraba. Más que la nicotina que acumulaba en sus venas.
Y podía pasarse sentada, en la calle, toda una vida.
me encanta =)
ResponderEliminar