jueves, 3 de febrero de 2011

Seh.

Necesitaba un cambio y quise matar esta ciudad. Le escupí, la manché, le lloré encima y derramé sobre sus nubes el asqueroso humo de mis labios. Detestaba ese cielo contaminado, las estrellas y la luna, aun habiendo sido ellas mis mejores amigas antaño. Quise apagarlo todo y soñé porque las miles de personas que con semblante indiferente se cruzaba conmigo cada día sufrieran una avería y dejaran de funcionar. Soñé con la destrucción global y a veces, cuando más lloraba, soñaba con la mía propia. Estaba muy enfadada pero nadie lo sabía.

Estaba muy enfadada porque todo había dejado de tener sentido o, más bien, porque todo había cobrado ya su verdadera razón de ser y era repugnantemente despreciable. En cualquier caso mi pensamiento era único y desgarrador y me eché a cuestas todo el peso encima, como bien pensé, el mundo entero no había podido tomar repentinamente el papel antagonista. Debo de estar yo misma mal situada.

Lo cierto sin embargo fue que lejos de estar en un lugar que no me correspondía estaba viviendo atemporalmente y eso, la vida misma, es algo que no puede permitirse. Comencé a tener miedo pues recibía amenazas continuas. En cada rincón se hallaban sicarios del pasado, aquellos que querían dar muerte a quien llevaba mi nombre cuando ya había agotado el tiempo para hacerlo. Querían mi sangre, querían mi aliento, mi tinta y mis lunares de la espalda.

Aquellos asesinos armados de tardes, rosas, labios, arena, silencios, sudor, pasiones y ciudades con puerto querían mi rendición y no soy capaz de dilucidar si la han conseguido o no.

Porque no sé si he sido fuerte y he sobrevivido o si por el contrario todo acabó conmigo y he vuelto a nacer de nuevo.

Al menos ya no me espera nadie en cada esquina ni me asfixia la estación de autobuses.

Estoy tan irreconocible, que todo empieza a ir indudablemente bien.

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